jueves, 12 de septiembre de 2013

LA MUSA



Sentía la lluvia repiquetear en mi ventana, aún me preguntaba que hacía allí, no había sido buena idea. 

La soledad me atormentaba y había decidido venir a pasar unos días a la cabaña que tenían mis padres en la montaña, con idea de relajarme e intentar recuperar la inspiración que me había abandonado el mismo día que Clara se había ido de mi lado. Mis ilusiones puestas en ella y en nuestra relación se veían truncadas, yo me sentía como un vagabundo que no sabía donde ir, todo parecía desmoronarse a mi alrededor...

Desde hacía seis meses, el mismo día en que Clara me dejó, no había sido capaz de añadir una letra a mi novela. Yo, el mismo hombre alegre y tenaz lleno de ideas que bullían por mi cabeza buscando escapatoria, me encontraba ahora en un túnel sin salida. Estaba bloqueado, incapaz de dar continuidad a mi trabajo. Mi cabeza siempre había ido más rápido que mis manos, mi editor me felicitaba por la rapidez con la que llegaba a terminar un nuevo libro.

Y ahora el tiempo apremiaba; o acababa ya la novela o tendría que devolver el adelanto que me había dado mi editor; dinero que ya había gastado en alcohol y mujeres y que pensándolo fríamente no me habían satisfecho ni lo mas mínimo.

Mi madre bromeaba diciendo que lo que yo necesitaba era una nueva musa que me trajese de vuelta la inspiración, pero eso era imposible. Clara había dañado de tal forma mi corazón que ya era irrecuperable. Y pensé que realmente me daba igual acabar la novela o no, me resultaba indiferente morir de pena o de inanición.

Pero la vida es muy caprichosa y nunca sabemos lo que tiene reservado para nosotros. A la mañana siguiente me disponía a preparar las maletas para volver a la ciudad, pediría a mis padres que me prestasen el dinero para devolver al editor, me rendía y me sentía cobarde, pero me daba igual.

Alguien llamó a la puerta y si no fuese por la insistencia seguramente no hubiese abierto, lo que menos me apetecía era recibir visitas.

En cuanto abrí la puerta sentí como si entrase en otra dimensión. Allí estaba ella, la mujer mas hermosa que jamás hubiera imaginado conocer. Había sufrido una avería en su coche no muy lejos de la cabaña y necesitaba utilizar el teléfono. Fuera llovía con fuerza y ella estaba calada, así que lo menos que podía hacer era, -además de dejarle usar mi teléfono- ofrecerle un café caliente y algo de ropa para que pudiera cambiarse. Ella se mostró complacida por la invitación y algo me dijo que pronto me volvería la inspiración.

Me la devolvería mi nueva musa...


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