domingo, 22 de septiembre de 2013

"EL CONEJITO OREJAS-LARGAS"


El día que nació el pequeño conejo, todos los animales del bosque habían organizado una gran fiesta, era temporada de nacimientos y él parecía ser el último. Los papás llevaban a sus crías junto la cuna del pequeño para que lo conociesen, sabiendo que en pocos meses irían todos juntos al colegio.



Llego la época de ir cargados con sus mochilas, todos habían crecido mucho y a nuestro amigo el conejo sus orejas se habían desarrollado tanto, que le arrastraban por el suelo. No quería ir al cole, tenía miedo que el resto de animalitos se riesen de él, pero su mamá consolándolo, le dijo que en cuanto se hiciese adulto, sus orejas serían normales, además si tenían ese tamaño, seguramente sería por algo.

Los primeros días fueron terribles para él, tenía que soportar risas y tirones de orejas de sus compañeros, definitivamente no iba a tener amigos y aunque su mamá decía lo contrario, no entendía que uso le podría dar a esas feas y grandes orejas.

Una tarde a la vuelta de sus clases, le pareció escuchar unos gritos. El siempre procuraba adelantarse para no tener que soportar las bromas de los demás. Paró el paso y afinó sus oídos. Si, percibía palabras de socorro muy cerca del sendero. Volvió hacia atrás adentrándose un poco en el bosque, cuando se encontró un profundo agujero con varios de sus compañeros allí atrapados.

El pequeño zorro Fufú, la liebre Tolona, la ardilla Sofía y el osezno Tino le pedían ayuda muy asustados. Se pensó en ayudarlos, no se lo merecían, ellos habían sido los que peor se habían portado con él de toda la clase. Pero no era malo, no podía dejarlos allí. Y se le ocurrió que sus orejas-largas por fin tendrían un uso.

Se acostó boca a bajo, deslizando sus orejas dentro del agujero para que sus amigos pudiesen subir. Y así fue, uno a uno fueron saliendo del agujero, y una vez fuera, abrazaron a su nuevo amigo pidiéndole perdón. Y a partir de ese día fue querido por todos y ya no le llamaban “el conejito orejas-largas”, ahora lo llamaban por su nombre “el conejo Tifón”.


Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

“CELOS MORTALES”

Llevaba ya varios días sufriendo de terribles pesadilla y visiones en las que horribles monstruos levitaban encima de su cama, manos tenebrosas acariciaban su cuerpo y luces intensas e intermitentes iluminaban su habitación, manteniendo a sus padres en vela.

La niña alegre y divertida se tornó ausente e introvertida, caminando como un alma en pena sin ilusión. Sus ojos un día brillantes y llenos de vida, reflejaban ahora una luz opaca de mutismo ante la vida; su pelo antes esplendoroso lucía ahora apagado y sin forma. Se había vuelta silenciosa y la sonrisa que antes iluminaba siempre su cara ya no existía. Temía dormir, le causaba pavor el que llegase la noche.

Nuria tenía doce años y siempre había sido una niña especial por la cantidad de cualidades que poseía. Era la debilidad de sus padres siempre obediente y cariñosa, lo que en ocasiones a su hermano Marcos, un poco mayor que ella, le hacía sentir excluido dibujando en su cara una expresión de desagrado hacia su hermana, aunque nadie pareció darse cuenta.

Buena estudiante y predilecta además de sus profesores, no había hecho en ella una muchacha presuntuoso ni egoísta, tal era así, que gozaba de la adoración de todos sus compañeros por su bondad incondicional.

La llevaron a varios psicólogos y psiquiatras sin que ninguno fuese capaz de determinar el mal de la preciosa joven. El día que sufrió una crisis en el colegio, la primera durante el día, una ambulancia la recogió para llevarla al hospital. Una vez allí, le hicieron distintas pruebas sin que ninguna pudiese diagnosticar enfermedad ninguna, hasta que llegó el resultado de los análisis. Habían encontrado en su sangre una sustancia desconocida pendiente de estudio, así pues, dado que no lo sabrían hasta dentro de unas horas, la subieron a planta dejándola ingresada para controlarla.

En la habitación comenzó de nuevo con visiones, bichos enormes y atroces, paseaban por la habitación... Gritando histérica se encogió en su cama, ni los abrazos cariñosos de sus padres parecían relajarla. Finalmente tuvieron que sedarla para que pudiese descansar tranquila apartada de sus delirios. Ya no era sólo dormida, ahora también despierta parecía atormentada por horribles alucinaciones.

Al cabo de unas horas llegó el médico con los resultados del estudio, lo que les explicó los sobrecogió dolorosamente. La pequeña había sido envenenada con alguna seta alucinógena en una cantidad letal, era un milagro que no la hubiese matado, con urgencia le harían otro tipo de pruebas para comprobar el estado de sus órganos, ya que con toda probabilidad estarían dañados, había que saber el alcance.

El hospital abrió un informe de lesiones y dio parte a la policía. Ahora comenzaba una investigación. Nadie se explicaba este desenlace dado el carácter abierto y jovial que poseía la niña, no tenía enemigos todo lo contrario, era muy querida por todo el mundo. ¿Quién podría odiarla tanto como para intentar acabar con su vida? ¿Quizá alguna amiga que la envidiaba por su popularidad?

El resultado de las primeras pruebas no era muy halagüeño, su corazón no funcionaba bien, el ritmo cardíaco era inestable y lento, su hígado había tratado de filtrar la toxina resultando dañado, y sus riñones en esto momento se hallaban paralizados, inutilizables. Deberían pasarla a diálisis inmediatamente. Esperaban que la medicación que se le estaba suministrando para contrarrestar los efectos del alucinógeno surtiese efecto, a corto plazo debería verse una mejoría, de no ser así, la vida de la niña se hallaría en serio peligro, no habría esperanza.

La policía comenzó la investigación por intento de homicidio, tomando declaración a todo el entorno de Nuria: profesores, amigos, familiares, vecinos... nada hacía entrever que alguien la quisiera dañar, era querida y admirada por todos. No tenían sospecha posible...

Pasadas unas horas, la medicación no parecía surtir efecto positivo, sus pulmones perdieron la capacidad de ventilar debido seguramente al fallo cardíaco, por lo que tuvieron que entubarla. Sus padres y su hermano se hallaban en la habitación, abrazados los tres en torno a la cama de la linda muchachita.

Marcos comenzó a llorar afligido. Su madre lo abrazó cariñosamente, intentando aportarle un poco de seguridad, diciéndole que su hermana saldría de esa y que encontrarían al desgraciado que la había lastimado.

Miró a su madre observando el dolor que la invadía, y sintió la culpabilidad tan dentro de él que pensó que se palparía en el ambiente. Y pensó en todo lo que había hecho, como había comprado a un muchacho conflictivo del instituto unos polvos alucinógenos, que con cuidado y meticulosidad iba vaciando en la leche de su hermana, en los zumos, en cualquier cosa que tuviese al alcance... Se sentía mal, su hermana siempre se había portado bien con él. Simplemente por ser especial y un ser único no tenía derecho a matarla, además es que realmente no era culpa de ella, debería sentirse orgulloso de tener una hermana tan mágica.

Y prometió que si salía de esta, la cuidaría y protegería toda su vida. Se arrepentía sinceramente y no lograba entender como había podido llegar a hacer eso. No quería que nadie lo supiese y que llegasen a pensar que era un ser diabólico y malvado. Sabía que no estaba bien, pero no quería perder a su familia...

A las pocas horas, Nuria comenzó a responder a la medicación. Al día siguiente le sacaron la respiración asistida y su corazón comenzó a recuperar su ritmo normal. Sus riñones iban poco a poco y durante un tiempo debería asistir a sesiones de diálisis, pero después de todo lo que había pasado, ese era un mal menor.


Cuando le dieron el alta y fueron a recogerla, su hermano en cuanto la vio de pie después de vestirse, tan bella y dulce como siempre había sido, la abrazó con mucha ternura y amor, y se ratificó en su promesa...

sábado, 21 de septiembre de 2013

“MI PRIMERA VEZ”

Durante toda mi infancia había sido privada de la mayoría de cosas que tenían el resto de las niñas. Solo se me permitió tener una muñeca y un osito de peluche, lo demás -siempre me decían mis padres- era vicio. Mi pelo largo siempre debería estar sujeto en una coleta o una trenza, jamás suelto.

Mis vestidos eran sencillos, de telas lisas y colores oscuros confeccionados por mi madre -la manera en que visten las jóvenes despierta la lujuria de los hombres- les escuchaba decir continuamente. Además en casa estaban prohibidos los espejos no era bueno para mi observar mi cuerpo sobre todo ahora que me estaba desarrollando. Nunca debería traer amigas a casa, ni relacionarme demasiado con ellas. Cualquier regla que infringiese, suponía pasar más o menos horas, según la gravedad de la falta, encerrada en el sótano, algo que me angustiaba y aterraba mucho.

Mientras fui pequeña todo me parecía normal, pensaba que todas las familias eran iguales y dado que estudiaba en un colegio de chicas donde todas íbamos con uniforme, no me sentí distinta del resto.

Ahora con diecisiete años, veía a mis amigas con una ligera capa de maquillaje y planificando fiestas para el fin de semana y me daban envidia. Ya habían optado por no invitarme a ninguna, dada la cantidad de negativas que habían recibido hasta el momento. Los domingos cuando íbamos a la iglesia, -yo con mis vestidos sin forma que no hacían más que afear mi figura- y veía a mis compañeras radiantes y felices con bonitos conjuntos modernos y actuales, con el cabello suelto al aire charlando con los chicos del pueblo al acabar la ceremonia, hacía crecer en mí el resentimiento y el odio que sentía por mis padres. Algún domingo lo pasé encerrada en el sótano por haber mirado “lascivamente” -decían ellos- a algún muchacho. Hasta los veintiún años no podría mirar a ningún muchacho, y cuando lo hiciese debería hacerme respetar hasta el matrimonio, pero ni tan siquiera estaba permitido un roce y mucho menos un beso.

El camino de regreso a casa siempre lo hacíamos juntas mi amiga Luisa y yo, le contaba como era mi vida y ella se horrorizaba. Siempre me decía que tuviese paciencia, llegaría un día en el que lograría escapar de esa cárcel. Era buena amiga y muy fiel, nunca había contando a nadie como era mi día a día. Una tarde de primavera comenzaron a acompañarnos unos muchachos del instituto mixto del pueblo. Me causaba terror si mis padres llegaban a enterarse, así que comenzamos a hacer el recorrido a través del bosque.

Uno de los jóvenes siempre me miraba atentamente y dirigía sus palabras cariñosamente hacia a mí. Me daba mucha vergüenza, yo gozaba de una preciosa melena castaña muy brillante que se ocultaba tras una fea trenza y aunque tenía unos ojos azules intensos me faltaba el brillo que en esa edad debería poseer.

Con el paso de los días me acostumbré a su presencia, incluso echándolo de menos cuando en alguna ocasión no podía venir. Poco a poco perdí mi timidez hacia él, llegando a permitirle un beso. Ese día como si mis padres presintiesen algo, a mi regreso me sentaron en la cocina atosigándome a preguntas, parecían saber que ya no venía por el camino, sino que me adentraba por el interior para mi vuelta. Aunque me excusé diciendo que era un camino más entretenido para nosotras, no parecieron conformes y me castigaron durante cuatro horas en aquella oscuridad.

Me daba igual, no iba a dejar de ver a Carlos, así muriese en el intento... Nuestra relación fue creciendo y yo quería más... Quizás por culpa de sus prohibiciones y tabús habían hecho de mí una joven rabiosa de la vida, ansiosa por probarlo todo y entregarme cuanto antes a un hombre.

Acordamos que el viernes por la tarde con la disculpa de que tenía que ir a hacer un trabajo a casa de Luisa, nos quedaríamos un rato en la cabaña abandonada que había en el interior del bosque. Luisa cubriría mis espaldas.

Era la primera vez que estábamos a solas, me sentía tímida pero segura, con él me hallaba muy a gusto. Comenzamos a besarnos cada vez con más intensidad, sus manos comenzaron a tocarme primero tímidamente y al ver que yo no ofrecía resistencia, desabrochó mi blusa y deslizó sus manos para sobar mis duros y firmes pechos. Sentía su excitación y estaba comenzando a asustarme, ¿y si papá y mamá tenían razón y los hombres solo pensaban en eso? Su mano se guió ahora hacia mi muslo, subiendo lentamente por debajo de mi falda sin dejar de besarme, sus gemidos iban subiendo en intensidad y cuando iba a tocarme mi sexo, vinieron a mi cabeza los discursos de mis padres sobre lo pecaminoso e impío que era el acto sexual.

Salí corriendo de allí como una loca, Carlos me llamaba pero ni miré hacia atrás. Llegué a junto de mi amiga que me estaba esperando a la entrada del bosque, colorada y avergonzada, lo cual causo risa en mi amiga.

Al día siguiente acepté a hablar con él, me sentía abochornada por la situación del día anterior. Me pidió perdón muy galantemente haciéndome sentir mejor y sugiriendo ir más despacio, por nada del mundo pretendía perderme.

Pasaron los meses de encuentros fugaces donde no pasó nada, pero cada vez estábamos más unidos y compenetrados. Quedaban pocos días para mis dieciocho años y habíamos decidido que ese sería el gran día, yo ya estaba preparada.

El encuentro fue mágico, maravilloso y muy intenso, los jadeos vibraban por la vieja cabaña y tenía la sensación de que la magnitud de sensaciones que se estaban viviendo allí, podrían causar el derrumbe de la misma. Cuando acabamos, nos quedamos un rato acostados sobre la manta que Carlos había llevado, prometiendo nuestro amor para siempre.


Esa noche abandoné el hogar de mis padres, nunca había sido el mío. Mi amiga Luisa y sus padres, conscientes de mi situación en casa, me acogían en la suya. Seguiría estudiando y en cuanto Carlos acabase la universidad y encontrase trabajo, nos casaríamos. La infancia de mi vida nunca podría recuperarla, pero aun era joven y me quedaba mucho por vivir.

“PREMONICION”


Elena despertó de madrugada sudorosa y con el pulso acelerado, acababa de tener una pesadilla en la que su profesora de historia resbalaba al salir de la bañera, golpeando brutalmente su cabeza contra el lavabo causándole la muerte al instante.

Le costó volver a conciliar el sueño, y cuando lo hizo no fue capaz de descansar plácidamente, despertando por la mañana con una sensación de intranquilidad que le hacía sentir los nervios a flor de piel.

Cuando llegó al instituto estaba todo revolucionado, la gente vagaba alborotada por cualquier rincón del centro, y preguntando se enteró de la fatal noticia: “la joven profesora de historia había fallecido esa noche al salir de la ducha”.

Se sintió confundida y asustada, era la primera vez que tenía un sueño que parecía cumplirse. Después de comentar el episodio con Sara su mejor amiga, se sintió mejor, ella trató de tranquilizarla diciéndole que no había sido más que una triste casualidad.

Después de dos semanas ya se había olvidado del incidente, siguiendo con el curso de su vida. Esa noche otra pesadilla similar a la anterior la alarmó terriblemente pensando que quizá podría pasar como en la otra ocasión y cumplirse. En ese sueño no acertaba a descubrir la cara de la joven que perecía atropellada por un coche. Revivió una y otra vez esa visión a ver si era capaz de visualizar la cara de la fallecida, con el fin de alertarla antes de que ocurriese la tragedia.

Se fue al instituto afligida sin lograr saber a quien correspondía ese rostro, esperaba que no fuese de nadie conocido o no se lo podría perdonar jamás. Llegando ya al instituto cuando iba a acceder a los jardines, una voz la llamó desde la acera de enfrente. Era Sara, frenó la marcha para esperar a su amiga que se acercaba corriendo, cuando un coche que no la había visto cruzar, la atropelló haciéndola saltar por el aire y desplazándola dos metros más allá del vehículo, el impacto contra el suelo fue brutal ya que se cayó de cabeza dejando sembrada la carretera de sangre y masa cerebral. Elena sufrió un ataque de nervios y ansiedad tan fuerte, que la ambulancia tuvo que llevarla al hospital, pasó dos días sedada y medicada, y hasta que llegaron sus padres del extranjero no le dieron el alta. Debería estar vigilada seguir controles con su psiquiatra. Nadie supo en principio dar explicación a lo que le ocurrida. Le pareció detectar que los médicos pensaban que estaba desequilibrada...

La noche para ella era una tortura, le causaba mucha angustia e inquietud el pensar en dormir. Y no era de extrañar, en varias ocasiones soñó con la muerte de algún conocido, ejecutándose el acto como ella había presentido...

Una noche de invierno la visión fue sobre ella. Llovía torrencialmente y hacía un viento extremo. Dirigiéndose a clase en medio del temporal, la fuerza del aire cobró tal fuerza que arrancó uno de los árboles del paseo, cayendo encima de ella.

Acordó no ir a clase mientras durase el temporal, daba igual los días que durase, tal vez podría esquivar a la muerte. Mintió a sus padres diciendo que se encontraba mal, no quería preocuparlos más de lo que ya lo estaban.

Después de tres días sin pesadillas, el tiempo mejoró y comenzó a lucir el sol aunque la temperatura estaba baja. Se preparó para salir, se sentía animada, ya no llovía ni hacía viento y con toda seguridad había esquivado a su destino.

Recorrió el camino hacia el instituto tranquila y relajada, estaba un día precioso y el sol brillaba con fuerza. Escuchó un fuerte frenazo de un coche, pero no le dio tiempo a mirar hacia atrás, el mismo envistió con fuerza un árbol situado justo al lado de donde estaba Elena, cayendo y aplastando mortalmente a la joven. Mientras expulsaba su último aliento de vida, fue consciente de que cuando la muerte nos reclama ya no hay escapatoria...

"EL ARMARIO ENCANTADO”

La oportunidad había sido única, una preciosa y gran casa en las afueras a tan solo treinta minutos de la ciudad. La venta urgía por traslado laboral de los antiguos dueños, era algo inmediato y querían dejar zanjado lo de la casa antes de su partida.

Paul y Sofía habían aprovechado la gran oportunidad, dejando una señal en cuanto la vieron, no podían dejarla escapar. Se vendía sin muebles, salvo un armario antiguo de color azul, con las puertas pintadas a mano en beige en las que se apreciaba un dibujo ya difuso de un jarrón con flores, la parte de arriba era desigual haciendo dos arcos que se iban elevando desde las esquinas hasta encontrarse en el centro. No era muy bonito y aunque su primera idea era deshacerse de él, finalmente acordaron conservarlo en alguna habitación que no usasen, probablemente con el tiempo un anticuario pagase una jugosa cantidad por el mueble.

El primer día en la mansión fue agotador para los dos, cajas y muebles por todos lados, desorden generalizado y normal dada la situación, y aunque unos cuantos amigos se habían desplazado hasta allí para echarles una mano y dejar el máximo de cosas montadas y colocadas, a la noche todavía quedaban unas cuantas cajas por el medio.

Ya en cama agotados después de estrenar como era debido el dormitorio haciendo uso del matrimonio, se durmieron enseguida. A las tres de la madrugada Sofía despertó sobresaltada por un golpe retumbante, seguido de un sonido similar al de unas pisadas, Paul dormía tranquilamente así que desprendiéndose con cuidado del abrazo de su marido, se levantó de la cama, la temperatura había bajado notablemente, hacía frío y se notaba una corriente de aire. Vistiéndose la bata, salió al pasillo, quizás les había quedado alguna ventana abierta.

Revisó habitación por habitación, encontrando en cada una de ellas los ventanales cerrados. Llegó a la habitación que ocupaba el extraño armario y se encontró con las puertas del mismo completamente abiertas. Observó el interior por si algún pequeño animal hubiese penetrado en la casa y se colase dentro, pero no vio nada, tan solo acertó a descubrir una gran mancha en la base interior del armario. Al día siguiente intentaría limpiarla.

Después de revisar completamente las dos plantas de la casa sin encontrar nada, volvió a su dormitorio, pensando que su mente quizá le había jugado una mala pasada. Por la mañana le comentó el episodio a su marido sin darle mucha importancia y él tampoco pareció encontrársela.

En cuanto Paul se marchó a trabajar, Sofía subió al cuarto acompañada de un cubo con agua jabonosa para madera, con intención de eliminar ese pegote, era una pena, puesto que llegado el caso de querer venderlo, en perfecto estado valdría el doble. Después de intentarlo de mil maneras, la mancha se resistía, así que finalmente cedió en el intento.

Los días transcurrieron tranquilos en el nuevo hogar, terminando de colocar todas la cosas, hasta que una noche otro ruido esta vez más intenso despertó de nuevo a Sofía, su esposo dormía tan plácidamente que le daba envidia, ya podía caer la casa que el no se enteraría. Se mantuvo un rato acostada afinando el oído por si escuchaba algo más o si tal vez lo que había escuchado había sido producto de un sueño. Pero no, al poco rato unas pisadas parecían recorrer el pasillo, ahora estaba plenamente segura... Unas puertas se abrían y cerraban golpeándose suavemente, y la temperatura pareció bajar de golpe, la piel se le puso de gallina, no sabía si por el frio o por el temor que la amedrentaba.

Levantándose atemorizada se dejó guiar por lo sonidos que la llevaban a la habitación que contenía el armario. Allí la temperatura era muchísimo más baja y se estremeció. Las puertas del armario parecían tener vida propia yendo de un lado al otro sin descanso y cada vez más rápido y con más fuerza. Se quedó clavada en el suelo totalmente aterrada sin saber que hacer, quiso gritar para llamar a su marido, pero de su boca no salía ningún sonido. De repente, tras un golpe muy intenso, del interior del mismo salió un ente que se dirigía a ella, parecía corresponder a un niño de corta edad. Por fin consiguiendo despegar sus pies, dio media vuelta para huir golpeándose la cabeza contra el marco de la puerta.

Lo siguiente que recordaba era que estaba en la cama con un paño húmedo sobre su frente y el bueno de Paul la acariciaba preguntándole que le había pasado, puesto que al levantarse y no hallarla en la cama la buscó encontrándola inconsciente en el suelo.

Relató todo lo ocurrido intentando encontrar las palabras adecuadas, para que su marido no pensase que estaba trastornada. Paul se rio ruidosamente, diciéndole que parecía una niña pequeña, que seguramente se hallaba sugestionada por la nueva casa y el extravagante armario, y que probablemente sería buena idea venderlo ya para acabar con esas alucinaciones que la atormentaban.

Ante la incredulidad de su esposo, Sofía dejó el tema. La próxima vez lo despertaría para que contemplase con sus propios ojos lo que estaba ocurriendo. Después de él se marchase al trabajo, bajó al sótano a ordenar unas cajas que habían amontonado. En medio de ellas, encontró una que no les pertenecía. La abrió con curiosidad hallando en su interior juguetes, algunos comics, una baraja de cartas infantil y una libreta con dibujos. El cuaderno tenía un nombre “Izhan Andrews”. Parecía un niño alegre y divertido por la cantidad de dibujos con infinidad de colores vivos que usaba, según avanzaba la libreta, los dibujos se tornaron tristes y con colores oscuros, y ella pensó en el pobre chiquillo ¿que le habría pasado para ese cambio de actitud?

Entonces la libreta saltó de sus manos golpeada por una fuerza invisible, a continuación la baraja de cartas disparó las mismas una a una, siguiendo después por los comics, el osito de peluche, los coches... Se puso de pié observando el espectáculo dantesco y entonces lo vio de nuevo. De pie delante de ella se hallaba el pequeño fantasma con forma de niño, con aspecto serio y enfadado.

Asustada se dirigió corriendo a las escaleras huyendo de allí, pero la puerta no parecía abrirse, estaba bloqueada, y el ente ahora se encontraba a su lado estirando su manita para tocarla. Ella gritaba golpeando la puerta con sus puños pidiendo ayuda...

En cuanto la tocó, comenzó a tener visiones: “Contempló a un hermoso niño rubio de seis años jugando con sus coches en el suelo de la sala muy animado y divertido, un hombre se acercó a él levantándolo por las orejas y comenzando a golpearlo lo arrastró hacia un armario cerrándolo con llave”. Era ese armario pensó Sofía, el armario azul... Se sentó en un escalón del sótano, intuyendo que el niño no había terminado de mostrarle todo.

Lo siguiente que le mostró el pequeño era muy claro. “Jugando en el jardín rompió con la pelota un pequeño tiesto decorado, y otra vez ese hombre se acercó a él y con una violencia extrema comenzó a zarandearlo y a azotarlo, conduciéndolo después al pequeño cuarto dónde se encontraba el armario. Una vez allí, siguió golpeándolo con saña hasta que la cabeza del niño se golpeó brutalmente contra el marco de la puerta, -igual que ella, pensó Sofía- cayendo desplomado al suelo completamente inconsciente lastimado en la cabeza, de cuya herida manaba una cantidad de sangre considerable”.

“El hombre -que supuso que era su padre- sin pizca de arrepentimiento ni compasión, cogió al niño y lo zapateó hacia el interior del armario, cerrándolo de nuevo bajo llave. Al cabo de unas horas cuando el hombre regresó para sacar al niño de su encierro, se lo encontró muerto, desangrado...”. Probablemente si hubiese recibido atención médica, habría sobrevivido.

La joven no pudo evitar sentir ternura hacia aquel pequeño que parecía haber quedado atrapado entre los dos mundos, probablemente a causa de una muerte precoz y violenta, con toda seguridad le estaba solicitando ayuda.

Con mirada triste ahora, el niño le enseño "como su padre cogiéndolo en brazos de cualquier manera, lo bajó al sótano. Después de picar la piedra en la esquina derecha del mismo a la altura de la ventana, escavó un par de metros y allí depositó el cuerpo de su hijo con gran indiferencia”.

Le hubiera gustado poder abrazarlo con fuerza, demostrándole cariño y tranquilidad, pero el pequeño ya no estaba allí. Se puso de pie y abandonó el sótano que ahora le abrió a la primera, y no pudo evitar sentir mucha tristeza por la vida que había llevado Izhan.

El resto se desencadenó enseguida, después de llamar a su marido y a la policía, desenterraron el cuerpo del niño. La autopsia demostró que el cadáver tenía seis años, y que llevaba muerto aproximadamente cuarenta años, la causa de la muerte había sido un traumatismo cranoencefálico.

El matrimonio se encargó de organizar un bonito funeral para el pequeño, y durante el entierro Sofía sintió una mano que cogía la suya, era él, que sonriendo murmuró un gracias muy sincero. El armario fue quemado en el jardín y a ella le irritaba mucho que el culpable no hubiese pagado su culpa en esta vida...

viernes, 20 de septiembre de 2013

"LA SANTA COMPAÑA”


La profesora de matemáticas se había puesto enferma repentinamente, así que los muchachos de la clase de último curso tenían la hora libre, podían dedicarla a lo que quisieran siempre y cuando fuese en silencio.

Sara, Juan, Luis, Tania y Lara se habían sentado encima de la tarima dispuestos a pasar el rato contándose historias de miedo, cada cuál peor, más parecían historias cómicas debido a las risas que emitían. Le tocó el turno a Juán, y poniéndose serio comenzó su relato asegurando que era una leyenda real de la mitología gallega:

“Cuenta la leyenda que la Santa Compaña, es una comitiva nocturna de dos filas de almas en pena, vestidos con túnicas blancas unos y negras otros, con la capucha puesta, envueltos en sudarios y con los pies descalzos, portando cada una de ellas una vela de luz blanca, que recorren errantes los caminos, para anunciar la muerte de alguien por la zona, o para reclamar el alma de un vivo. Caminan emitiendo rezos, cánticos fúnebres y tocando una pequeña campanilla. No siempre son visibles, sin embargo se percibe su presencia por el olor a cera y el viento que se levanta a su paso.

En cabeza portando una cruz y un cubo de agua bendita, un humano vivo, condenado a vagar entre ellos hasta encontrar en su camino a otro vivo al que entregará su cruz y su caldero, quedando liberado y pasando el segundo a ocupar su lugar. La persona viva que precede el paso, no recuerda durante el día lo ocurrido en el transcurso de la noche. Se podrá reconocer fácilmente debido a su extrema delgadez y palidez. Cada noche su luz será más intensa y cada día su palidez más exagerada. No se les permite descansar ninguna noche, por lo que su salud se va deteriorando a pasos agigantados hasta enfermar sin que nadie sepa las causas de tan misterioso mal. Están condenados a vagar noche tras noche hasta que mueran u otro incauto sea sorprendido.
Para librarse de esta obligación a la persona que se encuentre con la Santa Compaña se le aconseja no mirarlos nunca a la cara, trazar un círculo en el suelo alrededor de si mismo o bien acostarse en el suelo boca a bajo sin moverse aunque le pasen por encima y en última instancia salir corriendo. Si hay algún “cruceiro” cerca, el subirse a los peldaños garantiza protección”.

Quedaron todos anonadados, era la mejor historia que jamás habían escuchado. Aún así se mantuvieron incrédulos y acordaron el sábado a la noche después de las doce
reunirse para ir a dar una vuelta a través del bosque. El panadero estaba muy enfermo y se decía que le quedaban días, quizá viniesen a buscarlo y podrían encontrarse con la procesión. Tomándolo todos a risa menos Juán, quedaron el sábado a las once y media en la plaza del pueblo.

Llegó el día y se reunieron los cinco en la plaza, Juan estaba nervioso mientras sus amigos lo tomaron a risa y cachondeo. Se dirigieron hacia el interior del bosque por el sendero. Bromeaban con el tema a cada paso, y Juán se ponía cada vez más alterado, hasta que enfadado les sugirió un cambio de actitud o volvería a su casa.

Llegaron a una zona que de repente se volvió silenciosa, las aves nocturnas cesaron sus cantos, los perros aullaban en la lejanía, y un olor a cera se percibía cada vez más intenso. Juán estaba aterrado, y con su mirada buscó la salida del camino, creía recordar que había un “cruceiro” por allí cerca. Los chicos se reían de él, hasta que un sonido cada vez más penetrante comenzó a llegar a sus oídos, eran ruidos de cadenas y una pequeña campanilla. Salieron del sendero buscando la carretera, y según llegaron a ella, las vieron...

Ya los tenían muy cerca, según llegaron a la carretera las distinguieron, las dos filas de almas, con el vivo en la cabecera del grupo portando la cruz y el cubo. Todos salieron corriendo a toda velocidad, dirigiéndose hacia sus casas sin mirar atrás ni prestando atención a sus amigos tal era el miedo que los poseía.

Juan quedó inmóvil, paralizado por el miedo, y cuando quiso reaccionar ya los tenía delante, el sonido de sus rezos penetraba en sus oídos perforándolos, sus ojos comenzaron a llorar sangre y el corazón parecía dejar de latir por momentos. El que portaba la cruz y el cubo extendió sus brazos presentando su ofrenda, y él incapaz de retener sus brazos que no le obedecían, recogió el ofrecimiento.

Llegó la mañana sin que ninguno pudiese pegar ojo, y pasaron el domingo sin verse. El lunes cuando se vieron en el colegio no hablaron del tema, les causaba temor hacerlo. Y pasaron los días, Juan cada día estaba más cansado y pálido, y sus amigos comenzaron a sospechar lo que había podido pasar, ninguno parecía recordar si él también había salido corriendo la maldita noche. Temían que hubiese sido sustituido por el que presidía la procesión maldita, pero ninguno se atrevió a contar nada a nadie. Meses después Juan falleció sin que ningún médico fuese capaz de dar un diagnóstico del mal que acabó con su vida.



jueves, 19 de septiembre de 2013

"LA MALDICION”



Mi hija María había llegado a nuestra cita en el café radiante y feliz, y en cuanto tomó asiento a mi lado después de darme un beso, lo soltó sin más:
  • ¡Mamá, estoy embarazada!

Me cogió por sorpresa. Después de andar danzando de un chico a otro sin encontrar estabilidad, había conocido a Rubén, un visitador médico asiduo en la clínica dental donde trabajaba mi hija como auxiliar.

Ya había cumplido veinticinco años, -no es que fuese una cría-, pero no llevaban más que seis meses juntos y yo no creía que se conocieran lo suficiente como para tener un hijo. Finalmente, dada la felicidad que irradiaba mi hija, no me quedó más remedio que aceptarlo, realmente hacían muy buena pareja.

Habían organizado para el fin de semana una pequeña fiesta familiar para anunciar a todos la buena noticia, -opiné que me parecía un poco precipitado, pero la última palabra era la de ellos-.

Y llegó el día, mi hija lucía espectacular con el precioso vestido de raso blanco que había escogido para la ocasión, sus ojos relucían y transmitían esa dicha que ella sentía. Todo salió genial, y entre aplausos y silbidos rodearon a la joven pareja para felicitarlos personalmente.

Observé a mi tía Susana, se había quedado apartada en un lado, arrimada a uno de los árboles que apostaban en el jardín. Estaba seria y su cara dibujaba un gesto de disgusto. Me acerqué a ella con el ánimo de preguntarle que le pasaba, ella siempre había sido atenta y alegre con la familia.

Según me aproxime a ella sin darme tiempo a preguntar, me agarró de un brazo y me pidió que la acompañase a un sitio tranquilo. Observé a mi hija, estaba rodeada de familiares y amigos charlando animadamente, no me iba a echar de menos aunque me ausentase un rato.

Nos dirigimos a la trasera de la casa y nos sentamos en un banco situado delante del pequeño estanque, las ranas croaban encima de las hojas de los nenúfares, dando un aire relajante y calmado al ambiente. Le pregunté que es lo que pasaba y con semblante serio comenzó con su relato, pidiéndome antes de comenzar que no la interrumpiese para nada hasta el final.
  • Hace muchos años, muchísimo antes de que tu nacieras, la madre de tu tatarabuela siendo muy joven, se enamoro de un muchacho del pueblo. Por aquel entonces él tenía novia, aunque no tardó mucho en dejarla por comenzar una relación con ella. Eran muy felices juntos y anunciaron la boda enseguida. La otra muchacha presa de celos y de rabia, estando un día reunidos con amigos y vecinos en la plaza mayor, durante las fiestas del pueblo, le echó una maldición a ella por considerarla culpable de su ruptura. Todo el mundo pudo escucharla -¡a ti que me has quitado lo que yo más quería te maldigo, pero no solo a ti, a todas tus descendientes féminas, vosotras las de tu familia, en cuanto lleguéis a ser abuelas moriréis antes de un año, sin poder disfrutar de vuestros nietos” -dicho esto, abandonó la plaza y nunca más se le volvió a ver-.

Me quedé contrariada y pensativa, mi madre había fallecido cuando mi hija había cumplido dos meses, y creía recordar que mi abuela lo había hecho a los pocos días de mi nacimiento.
  • Tía, eso que me cuentas ¿es cierto? -pregunté aturdida por toda esa información tan extraña-.
  • Si -contestó seriamente-¿por qué crees que yo no he llegado a tener hijos? Tu madre ha sido una irresponsable por tenerte, yo se lo avisé, pero ella quería ser madre, no le importaba sacrificar su vida, le pedí que te lo contase todo y que tu decidieses si querías tener descendencia, pero me lo prohibió. Ahora te lo cuento, no te lo dije antes por que tu madre me lo hizo jurar, no sé por que le hice caso... -dijo entre dientes-.
  • Todas las descendientes han ido falleciendo al llegar su primer nieto, no hay escapatoria posible -dijo mientras se levantaba sollozando dirigiéndose al interior de la casa-.

Me quedé un rato allí, pensativa. No le iba a decir nada a mi hija, no podía romper su ilusión, pero seguro que algo podría hacer... todas las maldiciones tienen solución -pensé-.

A la mañana siguiente, quedé con mi amiga Isabel para tomar un café y contarle todo lo que mi tía me había explicado. Agradecí su silencio mientras yo relataba todo lo que sabía, y al acabar me abrazó aportándome un poco de consuelo y cariño. Ella tenía una amiga de nombre Queta que echaba las cartas, quizás con un poco de suerte podría ayudarme.

Reunidas las tres después de leerme las cartas y pedirme que le contase toda mi historia, me dijo:
  • Entiendo que os han arrojado un hechizo muy potente, pero debo de informarme y pedir consejo a mis colegas, mis medios son muy limitados, nunca me he visto envuelta en algo así. No te preocupes, encontraremos la manera de deshacer la maldición.

Pasó una semana sin tener noticias de Queta, aún había tiempo, pero la situación me causaba mucha ansiedad. Mi hija llegó a creer que el embarazo no me había hecho ilusión.
  • Si cariño, claro que me ha hecho ilusión, estoy feliz sobre todo por ti, por verte así de radiante, solo me encuentro cansada, quizás tenga algo de anemia, iré mañana al médico a hacer una revisión -mentí-.

Al cabo de tres semanas me llamó Isabel, teníamos una entrevista con la “medium”, estaría acompañada de una de sus colegas, la más anciana, considerada la bruja con más habilidades en el oficio. Mañana sería el encuentro.

A las cuatro de la tarde como nos habían citado, allí estábamos puntuales a la cita. El encuentro sería en el gabinete de la bruja Nadia, así se hacía llamar. Pero la expresión de las dos no parecía muy alentadora. Comenzando a hablar Queta me dijo:
  • No es posible deshacer el encantamiento, es demasiado fuerte y resistente, sólo hay una solución para romperlo, pero esa salida tiene un desenlace fatal para ti.
  • ¿Qué solución? -pregunté angustiada mientras Isabel me cogía una mano para transmitirme tranquilidad-.
  • Este hechizo es demasiado poderoso -continuó la vieja adivina- probablemente ha sido creado en un akelarre, una sola sería incapaz. Nosotras somos brujas buenas, solo ejercitamos magia blanca y aunque tenemos algunas nociones de magia negra, es un tema que se nos escapa de las manos. Aún así, encontramos el remedio para romper la maldición, como te decía Queta no tiene un buen final para ti, pero sí para tus descendientes femeninas. Deberás sacrificar tu vida, suicidándote antes del nacimiento de tu nieto, así se habrá roto el ciclo y se dará por finalizada vuestra condena. Sentimos no poder ayudarte, pero es lo único que se puede hacer...

El mundo se hundía a mis pies, yo no tenía salvación, de una forma o de otra había llegado mi final, la gran diferencia es que salvaría a mi hija y a sus descendientes aunque no llegase a conocer a su hijo, mi nieto.

De camino a casa le comenté mi decisión a Isabel, no se mostró sorprendida, lo intuía, y como madre que era me entendió. Le hice prometer que jamás revelería este secreto, debería llevarlo hasta la tumba. Me despedí de ella para siempre, lo iba a hacer ya, ¿para que alargar el sufrimiento? ¿cómo podría ver a mi hija y a mi marido sabiendo que sería la última vez? No, de ninguna manera, mejor no verlos y hacerlo ya.

Llegué a mi casa, y llené la bañera junto con aceite esencial de azahar, me sumergí acompañada de una copa de vino blanco. Introduje en mi boca un montón de pastillas sedantes y las hice resbalar por mi garganta acompañadas del líquido blanco.

Sentí como poco a poco el sueño me reclamaba, y visualicé un túnel con una inmensa luz al fondo donde me parecía apreciar dos figuras femeninas ¿quizás mi madre y mi abuela? Sin duda eran ellas, escuché una voz inconfundible, la de mi madre:
  • ¡Has sido muy valiente pequeña! ¡estoy orgullosa de ti! ¡tengo un regalo que seguro que te gustará...!
Y la vi... en el vientre de mi hija pude contemplar a mi preciosa nieta, y me sentí muy feliz, ahora podía descansar en paz...