lunes, 16 de septiembre de 2013

“SOLEDAD”

Amaneció un día precioso de primavera, el sol brillaba radiante y yo me había levantado con muchas ganas de hacer cosas. Era domingo y no podía desaprovechar el día, llamaría a mis amigos y quizá podríamos ir a pasar el día al campo, era un día ideal para un picnic.

Después de llamar a algunos de ellos me senté en el sofá extrañado, nadie contestaba mis llamadas. Salí al jardín a tomar un café, -en cuanto lo acabase volvería a intentarlo- y algo me llamó la atención. No había coches por la calle y no sentía a los niños jugar por la zona, estaba todo solitario y silencioso, tan solo acertaba a escuchar el suave tintineo del semáforo al ponerse en verde, situado al final de la calle, -que raro, quizás me había levantado más temprano de lo que pensaba- y me adentré en mi casa para cerciorarme de la hora -las doce del medio día-

¡Era imposible! ¿dónde estaría todo el mundo? Volví a insistir llamando a mis amigos por teléfono y nada...

Salí de nuevo a la calle y todo seguía igual, ni un alma... Dirigí mis pasos hacia la Iglesia, quizá estuviese todo el mundo allí reunido por alguna causa que yo desconocía.

Tras caminar casi dos kilómetros para llegar allí sin encontrarme a nadie durante el recorrido, tampoco tuve suerte, de hecho la Iglesia estaba cerrada.

Comencé a asustarme, ni tan siquiera perros o gatos parecían habitar en mi barrio. Volví sobre mis pasos ¿que demonios había pasado?

Pasaron los días y los meses sin hallar ni rastro de existencia, acostumbrándome a esta nueva vida solitaria. Pensé que seguramente este aislamiento y la dura supervivencia, me llevarían a la locura, y así debió de ser, puesto que un tiempo más tarde ya no tenía miedo a estar solo.


Ahora mi miedo era el llegar a encontrar alguna persona...

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