lunes, 23 de septiembre de 2013

“OTRA DIMENSIÓN”


Había ido el viernes a casa de mi hermana Paula y su marido Jorge, al día siguiente teníamos pensado ir a visitar unas cuevas que había a diez kilómetros de donde ellos vivían, así saldríamos juntos de casa. Mi hermana y yo siempre habíamos sido muy aficionados a la espeleología y había tenido la suerte de conocer un chico al que también apasionaba este mundo.

El sábado muy temprano, después de un buen desayuno y de cargar el coche con todo el equipo, dispusimos nuestra marcha. El viaje fue muy animado, la música nos envolvía animosamente mientras tarareábamos las canciones. El olor a eucalipto flotaba en el ambiente, ese territorio estaba lleno de estos árboles. Llegada a una zona ya no pudimos seguir en coche, así que cargando las mochilas a la espalda, seguimos caminando la ruta que nos llevaba hasta las cuevas.

Hacía muchos años que no las recorríamos y no recordábamos el itinerario, pero no eran peligrosas, así que con decisión después de encender las linternas de los cascos, nos adentramos hacia el interior. Teníamos cuatro kilómetros y medio de recorrido repartido en distintas salas y galerías, intentaríamos salir por el otro lado. Por encima de las cuevas, en lo alto de la montaña se encontraba un pequeño pueblo en el que se podía localizar otra entrada a la cueva de ciento cincuenta metros de profundidad, siempre era más fácil salir por allí que entrar.

La temperatura dentro era baja sobre ocho grados y esto sumado al porcentaje de humedad que era del noventa por ciento, hacía que la sensación térmica pareciese más baja de lo que era en realidad. Llevábamos la mitad del camino cuando nos encontramos con dos galerías ¿cuál seguir? Ninguno de los tres estábamos seguros, así que sin tener nada que perder salvo el retroceder, cogimos el de la derecha.

Yo iba en cabeza en ese momento, no entiendo aún como con tantos años de experiencia pude cometer tal error. Tenía que haber estado pendiente del suelo, pero en ese momento Jorge estaba contando chistes, y entre risa y risa, no vi un agujero que había en el suelo. Me sumergí en él sin poder evitarlo, mientras Paula y Jorge gritaban mi nombre.

La caída fue importante, varios metros al vacío... tenía la sensación de que no terminaba de llegar al fondo...

Lo siguiente que recordaba era que me hallaba en medio de un bosque fantástico lleno de bellos colores, y una preciosa joven de ojos rasgados del color de miel que me observaba muy atenta. Ostentaba esplendorosa un vestido largo y vaporoso de color granate: ¿Estás bien? Preguntó.

Observé mi entorno, era el paisaje más extraño que nunca había visto ¿podía existir algo así? -Probablemente me había muerto y esto era el Edén- ¿Dónde estoy? Pregunté sin responder su pregunta.

Estás en la tierra de las tres lunas -contestó la bella mujer-. Te hallé inconsciente aquí dónde estas, pero no se que te ha pasado.

Después de explicarle mi accidente y mi desconocimiento por encontrarme allí, pude comprobar que era un ángel, lucía mágicamente unas alas transparentes y brillantes, definitivamente me había muerto. Giré mi cabeza para comprobar si mi espalda lucía unas iguales. Ella se rió entendiendo la situación.

No estás muerto si es eso lo que estás pensado -comentó divertida-, yo soy un hada, éste no es un país de muertos, éste es el país de la magia -dijo señalándome hacia el cielo, donde pude distinguir un castillo flotando entre las nubes-.

Cogiéndome de la mano, me guió bosque abajo, hasta que llegamos a un acantilado desde el que podía apreciar un gran mar sobre el que se apostaba el inmenso castillo flotante. El cielo disponía de tres lunas, cada cual más magnífica y portentosa, lo que daba al conjunto un aire de cuento de hadas.

Bajamos hacia el pueblo, estaba embriagado por el aroma de la preciosa hada que decía llamarse Annabella, emitía una esencia que me cautivaba. Su risa cantarina me elevaba a un sin fin de sentimientos que hasta ahora yo desconocía, me sentía muy a gusto y al mismo tiempo me percataba de que ese no era mi sitio, lo cual me entristecía.

El poblado era increíble, lleno de pequeñas casas redondeadas con tejados hechos de un material parecido a la paja, pero más sólido. Los habitantes eran afables y bondadosos, ofreciéndome todo tipo de alimentos y bebidas. Estaba tan absorto por la compañía, que ni siquiera pensé en la preocupación que podrían sentir mi hermana y mi cuñado.

Bajando a la playa me dijo que aquel lugar no era para mi, debía buscar la manera de regresar a mi mundo. Nos sentamos en la arena, recogí una pequeña concha distinta a cualquiera de las de mi mundo, y jugueteando con ella la miré encandilado, era tal la belleza que parecía una diosa, acarició mi rostro con su mano y selló un beso en mis labios. Nunca hasta ahora había recibido un beso con tanta ternura.

Todo se volvió negro... cuando abrí mis ojos, me hallaba en el hospital. Paula y Jorge estaban a mi lado con expresión preocupada. Pensé que todo habría sido un sueño producto del fuerte golpe, pero sentí algo en mi mano y cuando la abrí, allí estaba la pequeña concha y me prometí que buscaría la forma de volver para encontrarme con Annabella.

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