domingo, 29 de septiembre de 2013

"LOS CAPRICHOS DE LA VIDA"

La suerte es muy caprichosa, y cómo decía mi amiga Marina, “cuando le entra el capricho a la mala suerte, ya ni te cuento”.

Mi infancia había sido una cruz, crecí en medio de peleas y malos tratos que mi padre infringía a mi madre y a mí, hasta que una paliza se le fue de las manos, matando a mamá.

Papá se fue a la cárcel y los servicios sociales se hicieron cargo de mí, arrancándome de ese hogar roto marcado por la tragedia. No tenía más familia, así que después de pasar por un hogar de acogida donde recibí un buen trato y cariño, me adoptó al poco tiempo una familia. Me sorprendió la rapidez, ya tenía doce años y normalmente buscaban bebés o críos muy pequeños.

Si mi vida antes había sido un infierno, con esta familia no mejoró mucho. No buscaban una hija a la que proteger y dar cariño, buscaban una muchacha que ejerciera de criada, realizando todas las labores de la casa. Seguía asistiendo al colegio y entre los deberes y las tareas del hogar, no me dejaban tiempo ninguno para mí. Me acostaba cada día agotada y en ocasiones mazada, no es que me pegasen demasiado, no como mi padre, pero si algo no quedaba como ellos querían, el cinto acariciaba cruelmente mi cuerpo.

Quizá por ello me aferré demasiado a mi primera relación sentimental. Era atento y amable conmigo, siempre pendiente de todo lo que me atañía y en cuanto le conté como era mi vida, no dudó en pedirme matrimonio para sacarme de allí. Me pareció muy romántico y me sentí halagada. No tenía más que diecisiete años y con seguridad la inmadurez propia de la edad no me dejó ver lo que tenía delante.

Busqué un embarazo para tener la facilidad de poder salir de casa, para ellos sería un desprestigio. Y como esperaba, me echaron de casa.

Nos casamos enseguida y pronto pude comprobar lo que era él en realidad. Tenía veintiocho años y una vida ya vivida, era experto en el arte amatorio y me complacía en cada relación sexual cuidando al detalle cada momento. Pero al mismo tiempo era posesivo, esas atenciones que tanto me complacían al principio, no eran más que puras obsesiones por tenerme controlada en cada momento. Llegaron las peleas y seguidas las palizas, en una de ellas perdí el bebé que esperaba. Entonces recordé a mi madre, no iba a ser como ella, así que haciendo mis maletas me fui de allí.

Con el poco dinero que tenía, cogí un autobús, comenzaría una nueva vida lejos de allí. Y compré un billete al sitio más lejos que podía pagarme.

El comienzo fue muy duro, sin hogar, sin trabajo, sin dinero... Localicé sin querer un hogar para mujeres maltratadas y me acogieron de buena voluntad, y no solo eso, me localizaron enseguida un trabajo. Mi vida comenzaba a asentarse, pronto pude pagarme un pequeño apartamento, suficiente para mi y allí lo conocí a él, mi luz, mi vida, mi ilusión...

Miguel era mi vecino puerta con puerta. Al principio solo nos saludábamos deseándonos un buen día. Pronto con cualquier excusa él comenzó a pararme para charlar un rato. Un día era el agua caliente, otro día la calefacción, hasta que acabó por preguntarme mi nombre.

Comenzamos a hacernos buenos amigos, me hacía sentir especial y en esta ocasión parecía distinto, aunque no me sentía segura. Mi experiencia con los hombres no había sido buena y me mantenía a la defensiva.

El intuyó que algo me pasaba y organizó una cena en su casa. Acepté encantada, lo observaba en cada momento, cada gesto o mirada quedaban gravados en mi retina y yo después me encargaba de analizarlo para saber que clase de hombre era. Así que esa cena me ayudaría a estudiarlo un poco más, me gustaba mucho y esperaba no llevarme una sorpresa.

Fue una cena especial, él sabía que algo me pasaba, decía que mis ojos aunque bellos transmitían mucha tristeza y resentimiento, y me pidió que por favor le contase lo que me pasaba.

Y se lo conté, cada detalle tortuoso de mi vida, rompiendo a llorar al finalizar. Me abrazó con ternura y comenzó a besarme, aunque no fue más allá y se lo agradecí, aún no estaba preparada.

Pasaron los meses fortaleciendo nuestra relación, hasta que decidimos irnos a vivir juntos, los dos trabajábamos y podíamos buscar un piso un poco más grande. Me sentía muy feliz, era la primera vez que sentía amor de verdad, sin contar con el de mi madre.

Los dos primeros años, fueron los más felices de mi vida. Pero no se por que motivo la vida se empecina en torturarme y hacerme infeliz. Miguel comenzó a encontrarse mal en el mes de noviembre, dolores intensos le impedían dormir y el día aunque más llevadero era un sufrimiento.

El diagnóstico no podía ser peor, “cáncer”. Le quedaban pocos meses, a lo sumo un año. Nunca lloré delante de él, aunque de sobra sabía como me sentía. Nuestro amor era puro y sincero y ni la muerte podría arrebatármelo.

Disfrutamos cada día como si fuese el último, haciendo el amor cada día gozando de nosotros. Hicimos un pequeño viaje y aprovechamos al máximo el tiempo juntos. Se acercaba el final y sentía que yo moriría con él. No era justo, toda una vida de sufrimiento y cuando encontraba a la persona perfecta para mí, la muerte nos acechaba.

Solo aguantó cinco meses, pero fueron los más felices de nuestra vida. A mediados de Abril entregué su cuerpo a la tierra. Solo esperaba que la vida no fuese solo ésto, que hubiese algo más para que pudiésemos volver a encontrarnos. Me sentía morir y no sabía como encauzar mi vida.


A las pocas semanas, ante la ausencia de la regla, el predictor me confirmó una gran noticia, estaba embarazada. El hijo de Miguel, nuestro bebé...

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