lunes, 16 de septiembre de 2013

"EL DÍA MÁS ESPERADO"

Tanto tiempo de espera había merecido la pena. Muchas trabas por el camino felizmente superadas gracias a nuestro tesón y constancia habían dado su fruto. Diego y yo hacíamos un gran equipo y me alegraba mucho pensar que pronto seriamos un equipo de tres.

Los tristes tiempos habían quedado atrás, cuando después de múltiples pruebas médicas, ante la imposibilidad de lograr un embarazo fructuoso, nos confirmaron lo que más temíamos, mi imposibilidad de tener hijos.

Los embarazos conseguidos hasta ahora, abortados a los pocos días, no eran tales embarazos, mi óvulo supuestamente fecundado, no reconocía ese hecho. Un trastorno genético hacía que generase óvulos sin ADN, por lo tanto, aunque un espermatozoide llegase al centro del óvulo y comenzase una mitosis, allí no había nada, faltaba mi carga genética. La fecundación in-vitro también era inviable, mi útero también estaba afectado por esta enfermedad y no dejaría que se implantase ningún feto en él, como mucho llegaría a los tres meses de embarazo hasta que mi útero lo expulsase.

Por eso, cuando aquella noche de verano abrimos la puerta después de que alguien la golpease y la vimos allí en su capazo, tan linda, tan pequeña, tan sola... se nos iluminó la vida. Vimos nuestra gran oportunidad de poder ser padres.

En cuanto la tuve en mis brazos sentí que ya nada podría separarme de ella, y cuando llegó la policía a recogerla, sentí un dolor tan grande y amargo que me generó un estado de ansiedad por el que tuvieron que tratarme.

Y ahí comenzó nuestra lucha. Después de infinidad de trámites, papeleos, estudios psicológicos y visitas de los servicios sociales, habiendo superado todo óptimamente, se nos concedía la adopción.

Habían pasado tres años desde la primera vez que había tenido en mis brazos a la pequeña Eli, y la quería ya tanto que no imaginaba la vida sin ella. Mañana sería el gran día, nos entregarían a nuestra hija.

Esa noche apenas dormimos, los nervios no nos dejaban. Cuando conseguimos relajarnos lo suficiente como para ser capaces de conciliarlo, ya casi era por la mañana.

A la hora indicada, estábamos a la espera de nuestra trabajadora social muy cerca de la casa de acogida, ella tenía que estar presente en la entrega y no se hizo esperar. Nerviosos nos dirigimos hacia allí.

En cuanto abrieron la puerta y la vi, no me lo podía creer, estaba divina con sus bucles rubios... era preciosa y me agaché ofreciéndole mis brazos para que se acercase, y ella sonriendo lo hizo. La estreché y la bese sintiéndola mía para siempre...


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