sábado, 21 de septiembre de 2013

"EL ARMARIO ENCANTADO”

La oportunidad había sido única, una preciosa y gran casa en las afueras a tan solo treinta minutos de la ciudad. La venta urgía por traslado laboral de los antiguos dueños, era algo inmediato y querían dejar zanjado lo de la casa antes de su partida.

Paul y Sofía habían aprovechado la gran oportunidad, dejando una señal en cuanto la vieron, no podían dejarla escapar. Se vendía sin muebles, salvo un armario antiguo de color azul, con las puertas pintadas a mano en beige en las que se apreciaba un dibujo ya difuso de un jarrón con flores, la parte de arriba era desigual haciendo dos arcos que se iban elevando desde las esquinas hasta encontrarse en el centro. No era muy bonito y aunque su primera idea era deshacerse de él, finalmente acordaron conservarlo en alguna habitación que no usasen, probablemente con el tiempo un anticuario pagase una jugosa cantidad por el mueble.

El primer día en la mansión fue agotador para los dos, cajas y muebles por todos lados, desorden generalizado y normal dada la situación, y aunque unos cuantos amigos se habían desplazado hasta allí para echarles una mano y dejar el máximo de cosas montadas y colocadas, a la noche todavía quedaban unas cuantas cajas por el medio.

Ya en cama agotados después de estrenar como era debido el dormitorio haciendo uso del matrimonio, se durmieron enseguida. A las tres de la madrugada Sofía despertó sobresaltada por un golpe retumbante, seguido de un sonido similar al de unas pisadas, Paul dormía tranquilamente así que desprendiéndose con cuidado del abrazo de su marido, se levantó de la cama, la temperatura había bajado notablemente, hacía frío y se notaba una corriente de aire. Vistiéndose la bata, salió al pasillo, quizás les había quedado alguna ventana abierta.

Revisó habitación por habitación, encontrando en cada una de ellas los ventanales cerrados. Llegó a la habitación que ocupaba el extraño armario y se encontró con las puertas del mismo completamente abiertas. Observó el interior por si algún pequeño animal hubiese penetrado en la casa y se colase dentro, pero no vio nada, tan solo acertó a descubrir una gran mancha en la base interior del armario. Al día siguiente intentaría limpiarla.

Después de revisar completamente las dos plantas de la casa sin encontrar nada, volvió a su dormitorio, pensando que su mente quizá le había jugado una mala pasada. Por la mañana le comentó el episodio a su marido sin darle mucha importancia y él tampoco pareció encontrársela.

En cuanto Paul se marchó a trabajar, Sofía subió al cuarto acompañada de un cubo con agua jabonosa para madera, con intención de eliminar ese pegote, era una pena, puesto que llegado el caso de querer venderlo, en perfecto estado valdría el doble. Después de intentarlo de mil maneras, la mancha se resistía, así que finalmente cedió en el intento.

Los días transcurrieron tranquilos en el nuevo hogar, terminando de colocar todas la cosas, hasta que una noche otro ruido esta vez más intenso despertó de nuevo a Sofía, su esposo dormía tan plácidamente que le daba envidia, ya podía caer la casa que el no se enteraría. Se mantuvo un rato acostada afinando el oído por si escuchaba algo más o si tal vez lo que había escuchado había sido producto de un sueño. Pero no, al poco rato unas pisadas parecían recorrer el pasillo, ahora estaba plenamente segura... Unas puertas se abrían y cerraban golpeándose suavemente, y la temperatura pareció bajar de golpe, la piel se le puso de gallina, no sabía si por el frio o por el temor que la amedrentaba.

Levantándose atemorizada se dejó guiar por lo sonidos que la llevaban a la habitación que contenía el armario. Allí la temperatura era muchísimo más baja y se estremeció. Las puertas del armario parecían tener vida propia yendo de un lado al otro sin descanso y cada vez más rápido y con más fuerza. Se quedó clavada en el suelo totalmente aterrada sin saber que hacer, quiso gritar para llamar a su marido, pero de su boca no salía ningún sonido. De repente, tras un golpe muy intenso, del interior del mismo salió un ente que se dirigía a ella, parecía corresponder a un niño de corta edad. Por fin consiguiendo despegar sus pies, dio media vuelta para huir golpeándose la cabeza contra el marco de la puerta.

Lo siguiente que recordaba era que estaba en la cama con un paño húmedo sobre su frente y el bueno de Paul la acariciaba preguntándole que le había pasado, puesto que al levantarse y no hallarla en la cama la buscó encontrándola inconsciente en el suelo.

Relató todo lo ocurrido intentando encontrar las palabras adecuadas, para que su marido no pensase que estaba trastornada. Paul se rio ruidosamente, diciéndole que parecía una niña pequeña, que seguramente se hallaba sugestionada por la nueva casa y el extravagante armario, y que probablemente sería buena idea venderlo ya para acabar con esas alucinaciones que la atormentaban.

Ante la incredulidad de su esposo, Sofía dejó el tema. La próxima vez lo despertaría para que contemplase con sus propios ojos lo que estaba ocurriendo. Después de él se marchase al trabajo, bajó al sótano a ordenar unas cajas que habían amontonado. En medio de ellas, encontró una que no les pertenecía. La abrió con curiosidad hallando en su interior juguetes, algunos comics, una baraja de cartas infantil y una libreta con dibujos. El cuaderno tenía un nombre “Izhan Andrews”. Parecía un niño alegre y divertido por la cantidad de dibujos con infinidad de colores vivos que usaba, según avanzaba la libreta, los dibujos se tornaron tristes y con colores oscuros, y ella pensó en el pobre chiquillo ¿que le habría pasado para ese cambio de actitud?

Entonces la libreta saltó de sus manos golpeada por una fuerza invisible, a continuación la baraja de cartas disparó las mismas una a una, siguiendo después por los comics, el osito de peluche, los coches... Se puso de pié observando el espectáculo dantesco y entonces lo vio de nuevo. De pie delante de ella se hallaba el pequeño fantasma con forma de niño, con aspecto serio y enfadado.

Asustada se dirigió corriendo a las escaleras huyendo de allí, pero la puerta no parecía abrirse, estaba bloqueada, y el ente ahora se encontraba a su lado estirando su manita para tocarla. Ella gritaba golpeando la puerta con sus puños pidiendo ayuda...

En cuanto la tocó, comenzó a tener visiones: “Contempló a un hermoso niño rubio de seis años jugando con sus coches en el suelo de la sala muy animado y divertido, un hombre se acercó a él levantándolo por las orejas y comenzando a golpearlo lo arrastró hacia un armario cerrándolo con llave”. Era ese armario pensó Sofía, el armario azul... Se sentó en un escalón del sótano, intuyendo que el niño no había terminado de mostrarle todo.

Lo siguiente que le mostró el pequeño era muy claro. “Jugando en el jardín rompió con la pelota un pequeño tiesto decorado, y otra vez ese hombre se acercó a él y con una violencia extrema comenzó a zarandearlo y a azotarlo, conduciéndolo después al pequeño cuarto dónde se encontraba el armario. Una vez allí, siguió golpeándolo con saña hasta que la cabeza del niño se golpeó brutalmente contra el marco de la puerta, -igual que ella, pensó Sofía- cayendo desplomado al suelo completamente inconsciente lastimado en la cabeza, de cuya herida manaba una cantidad de sangre considerable”.

“El hombre -que supuso que era su padre- sin pizca de arrepentimiento ni compasión, cogió al niño y lo zapateó hacia el interior del armario, cerrándolo de nuevo bajo llave. Al cabo de unas horas cuando el hombre regresó para sacar al niño de su encierro, se lo encontró muerto, desangrado...”. Probablemente si hubiese recibido atención médica, habría sobrevivido.

La joven no pudo evitar sentir ternura hacia aquel pequeño que parecía haber quedado atrapado entre los dos mundos, probablemente a causa de una muerte precoz y violenta, con toda seguridad le estaba solicitando ayuda.

Con mirada triste ahora, el niño le enseño "como su padre cogiéndolo en brazos de cualquier manera, lo bajó al sótano. Después de picar la piedra en la esquina derecha del mismo a la altura de la ventana, escavó un par de metros y allí depositó el cuerpo de su hijo con gran indiferencia”.

Le hubiera gustado poder abrazarlo con fuerza, demostrándole cariño y tranquilidad, pero el pequeño ya no estaba allí. Se puso de pie y abandonó el sótano que ahora le abrió a la primera, y no pudo evitar sentir mucha tristeza por la vida que había llevado Izhan.

El resto se desencadenó enseguida, después de llamar a su marido y a la policía, desenterraron el cuerpo del niño. La autopsia demostró que el cadáver tenía seis años, y que llevaba muerto aproximadamente cuarenta años, la causa de la muerte había sido un traumatismo cranoencefálico.

El matrimonio se encargó de organizar un bonito funeral para el pequeño, y durante el entierro Sofía sintió una mano que cogía la suya, era él, que sonriendo murmuró un gracias muy sincero. El armario fue quemado en el jardín y a ella le irritaba mucho que el culpable no hubiese pagado su culpa en esta vida...

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